Si hay algo que no me gustan son los consejos. No sé darlos, y detesto recibirlos.
¿Por qué? No sé ponerme en el lugar del otro porque dudo que nadie sepa ponerse en el mío. Prefiero equivocarme fiel a mi decisión, que acertar con la decisión de otra persona. Prefiero ver que me he equivocado, a que me hagan ver que me voy a equivocar.
Y esto no quiere decir que no me gusten las distintas opiniones, me encanta escucharlas y compararlas. ¡Lo aburrido que sería que todos pensasemos igual! Pero como no soy política, no intento convencer a nadie de que mi opinión es una verdad universal, por ello, que nadie lo intente conmigo.
Que para verdades universales ya está la ciencia, o eso dicen.
Y si los consejos gratuitos del vecino de enfrente al que le importas un pepino como: "deberías tomar más el sol, que se te ve muy blanca" los tiro directamente a la basura, hay otros que me los guardo, un poquito.
Quizás no en la cabeza y quizás no el contenido, puede que más bien en el corazón, por la intención.
Seguramente porque precisamente las voces de esos consejos, son las que menos me echarían en cara no seguirlos.
Las que me apoyarían aunque no estuvieran de acuerdo, las que nunca me recriminarían con un "te lo dije" y las que más se entristecerían con mi equivocación.
Y me alegro de saber bien quienes son esas voces.
Y me alegro de que ellas sepan quienes son.(Ahora es cuando yo lo remato poniendo fotos y nombres, peeeeeeeeeero...no, majos, no.)